
Sabiéndome enemiga del silencio, eterna viandante del intento, amante de las letras que se ocultan tras el pecho, equilibrista del espacio, sabedora del secreto, enemiga del segundo que se cruza en el siniestro. Hoy suplico a la distancia, hoy insisto en el sentido de encontrarse dentro de uno mismo. El suicidio en colectivo es un continuo que no muere. La agonía del presidio contamina al vertebrado que suplica al inocente por sentirse no violado, por creerse pacifista, por subirse al escenario. ¿Dónde están las cadenas que me atan, que me obligan a encerrarme en una historia que se muere atragantada en el veneno del prostíbulo? Hoy me callo, sí, hoy me ato a la distancia… que se mueran las lenguas asesinas, que supliquen los perversos aniquiladores del recuerdo. Solo intento reflejarme, parecerme a ese instante que me mira y me dibuja, que retrata mis arrugas aún latentes, que quebranta las reglas del espacio y se asoma sin permiso al presente que omito en cada gesto. Abandono en la batalla, grito, lucho, escupo, siento, arranco, desgarro, atravieso y quemo el escenario con las manos bien atadas, abandono, sí. Hoy lo dejo antes de tiempo, me esfumo, desvanezco.