Y los días se hacían tan distintos, tan hermosos, no necesitábamos a nadie más que a nosotros mismos, nuestra presencia, nuestra cámara. El viento soplaba suave, como una delicada brisa de verano, el sol se ocultaba, pero ahí estábamos, resistiendo hasta que el cuerpo aguante. Unidos, como si fuésemos inservibles separados. Viviendo y llenándonos de aquel amor sin palabras, con gusto. ¿A qué sabia? A algo parecido a la electricidad, era como si mis propias palabras, me gritasen al oído. Como si con su mirada bastara para comunicar tantas cosas que no podríamos decirnos. Leíamos, disfrutábamos la vida, por las tardes escuchábamos las cigarras, y él con su guitarra tocaba cada nota que vibrando se iba fragmentando en una hermosa melodía. El tiempo que intercambiaba la presencia y la ausencia, el silencio de la ceniza del cigarrillo. La vida nos observaba, y nosotros la observábamos con los ojos secos. La vida variaba sin variar, noche y día, como si con la mirada le cantásemos al oído que eramos felices. Sin palabras. Plena felicidad, en las madrugadas, tocaba con su guitarra, sin palabras, solo una dulce melodía que comunicaba todo. Lo observaba, diciéndole que lo amaba con la mirada, me acarició suavemente el rostro, y su sonrisa significo un tierno, yo también.
La tarde quebró nuestro aquel día, y escuchando el suave sonido proveniente de aquellas seis cuerdas me provocaba un estupor inexplicable y mis ojos se cerraron delicadamente. Mis pensamientos se sumergieron en un profundo mar de hojas, de letras desordenadas, de libros y fotos en blanco y negro. Deslizó su mano sobre mi cuello, el tacto de sus suaves dedos me hizo estremecer. A veces las palabras no bastan y aveces los silencios son suficientes. Nos tomamos una foto. Y ahí estaba, cuanto decía aquella foto polaroid, cuanto decía, cuanto trasmitía, y la foto también era muda. Como yo, como el, como el amor... como el infinito.
La tarde quebró nuestro aquel día, y escuchando el suave sonido proveniente de aquellas seis cuerdas me provocaba un estupor inexplicable y mis ojos se cerraron delicadamente. Mis pensamientos se sumergieron en un profundo mar de hojas, de letras desordenadas, de libros y fotos en blanco y negro. Deslizó su mano sobre mi cuello, el tacto de sus suaves dedos me hizo estremecer. A veces las palabras no bastan y aveces los silencios son suficientes. Nos tomamos una foto. Y ahí estaba, cuanto decía aquella foto polaroid, cuanto decía, cuanto trasmitía, y la foto también era muda. Como yo, como el, como el amor... como el infinito.