viernes, 29 de octubre de 2010

Ese día desperté recordando, recordando la sensación de mis manos jugueteando en tus dedos, siempre sentados en el parque observando la vida pasar. Era un instante que se fragmentaba a la vez que las cosas sucedían, era una foto inédita, un vídeo antiguo, las personas sucedían, y se iban, como estrellas, como cometas, efímeros, como la vida. Sentados desde tarde hasta la madrugada, aferrada a tu alma, a tu mano. Soñábamos con escapar de aquel destino bullicioso que se nos había concedido. Escapar a los campos, al prado. Vivíamos con libertades, aferrados nada mas que el uno al otro, sin limitación alguna. Aquel amanecer escapamos. En la huida del dolor, del bullicio, de las tardes en el parque, de observar como las personas movían su boca y no emitían sonido alguno, como el, como yo. Huimos. Empacamos comida, su guitarra, y una cámara polaroid, para capturar momentos, instantes que vivíamos para vivirlos y volverlos a vivir. Para observar nuestra vida pasar, observar el paso del tiempo denotándose en tu rostro, contemplando la vida, el tiempo pasar denotando el dolor que quedaba atrás. Amándonos con el tacto, sin la palabra, amándonos con la mirada, los abrazos, los besos, amándonos con la vida.


Y los días se hacían tan distintos, tan hermosos, no necesitábamos a nadie más que a nosotros mismos, nuestra presencia, nuestra cámara. El viento soplaba suave, como una delicada brisa de verano, el sol se ocultaba, pero ahí estábamos, resistiendo hasta que el cuerpo aguante. Unidos, como si fuésemos inservibles separados. Viviendo y llenándonos de aquel amor sin palabras, con gusto. ¿A qué sabia? A algo parecido a la electricidad, era como si mis propias palabras, me gritasen al oído. Como si con su mirada bastara para comunicar tantas cosas que no podríamos decirnos. Leíamos, disfrutábamos la vida, por las tardes escuchábamos las cigarras, y él con su guitarra tocaba cada nota que vibrando se iba fragmentando en una hermosa melodía. El tiempo que intercambiaba la presencia y la ausencia, el silencio de la ceniza del cigarrillo. La vida nos observaba, y nosotros la observábamos con los ojos secos. La vida variaba sin variar, noche y día, como si con la mirada le cantásemos al oído que eramos felices. Sin palabras. Plena felicidad, en las madrugadas, tocaba con su guitarra, sin palabras, solo una dulce melodía que comunicaba todo. Lo observaba, diciéndole que lo amaba con la mirada, me acarició suavemente el rostro, y su sonrisa significo un tierno, yo también.


La tarde quebró nuestro aquel día, y escuchando el suave sonido proveniente de aquellas seis cuerdas me provocaba un estupor inexplicable y mis ojos se cerraron delicadamente. Mis pensamientos se sumergieron en un profundo mar de hojas, de letras desordenadas, de libros y fotos en blanco y negro. Deslizó su mano sobre mi cuello, el tacto de sus suaves dedos me hizo estremecer. A veces las palabras no bastan y aveces los silencios son suficientes. Nos tomamos una foto. Y ahí estaba, cuanto decía aquella foto polaroid, cuanto decía, cuanto trasmitía, y la foto también era muda. Como yo, como el, como el amor... como el infinito.